Comencé a preocuparme cuando ya no me dolía.
Cuando los vientos soplaban fuertes empujando mi cuerpo débil hasta hacerme caer, otra vez, pero ni tan siquiera un rasguño.
Cuando alguien vomitaba sobre mí toda la basura que podía acumular, ya ni importaba.
Comencé a preocuparme cuando las traiciones solo eran lluvia fina sobre mi piel sedienta de agua, cuando la indiferencia ya no era una extraña.
Cuando la vida ya no tenía ni siquiera un sabor amargo.
Cuando al mirarme, ya no me reconocía, ni la mirada, ni las lágrimas que ya no derramaba, ni las heridas que ya no eran mías.
Cuando dejé de ser para armarme hasta los dientes para sobrevivir.
Comencé a preocuparme cuando la gota que colmaba el vaso ya no lo llenaba, solo jugaba a resbalar por el borde, como si el vaso pudiera ser un pozo sin fondo, infinito.
Comencé a preocuparme cuando todo me era ajeno, incluido mi propio dolor, mi dolor hecho cuadro, mi dolor dibujado por un artista anónimo, pinceladas de negra oscuridad buscando alguna luz en los matices.
Y al observarlo por largo tiempo, perdida en mí misma, encontrarme rota. Y al querer abrazarme el alma buscando consuelo, no encontrarme.
Fue entonces como si me hubiera estrellado tan violentamente contra el suelo, que ya no pude recoger todos los fragmentos.
Fue entonces, cuando me di cuenta de que lo había conseguido.
Resurgir, superarme.
Elevarme tan tan alto y tan inalcanzable ... tan y tan alto.
Que nadie... nunca... jamás.