Los ríos se tornan negros y en sus aguas, de escaso caudal, solo arrastran muerte. La desolaciòn se respira en el espeso aire, casi irrespirable y maloliente a metal y animales muertos, putrefactos, que se extienden a lo largo de lo que antes eran verdes prados, frondosos bosques e inmensos mares.
De pronto, en aquel insufrible silencio, se escucha un llanto desgarrado, un llanto de impotencia, de pèrdida, de dolor interior...
Tirada, con las rodillas clavadas en la hierba, una mano acariciando suavemente su robusta y a la vez fràgil corteza, la cabeza cabizbaja, mientras gota a gota va mojando la tierra seca al pie del àrbol, alza la mirada, brillante y a la vez vacìa hacia las copas, y en ese momento fluye ese lenguaje que no se estudia, el que no se habla ni se escribe, el que nadie entiende ni comprende, el que se siente, EL ANCESTRAL LENGUAJE DEL SILENCIO.
Y allì, atada a la ya efímera vida, al menos y por momentos, dejò de sentirse humana.
Pero hoy de nuevo...
Llora el cielo làgrimas de sangre, y el miedo, de aquel àrbol sabio y legendario de no volver a ver el horizonte un dìa màs, baña al bosque de una tristeza invisible, casi etèrea, fugaz y perecedera.



