Carlota es una perra maltratada, como tantos otros.
Una perra callejera a la que un día quizá quisieron y al siguiente tiraron como basura .
Carlota es bastante buena y nunca ladra, se ve que, hasta por ladrar le pegaban.
Nadie sabe què pasado lleva a sus espaldas, pero, a juzgar por su comportamiento, su vida ha debido de ser un infierno.
Al principio, ni siquiera permitìa que se acercaran a ella. Enseguida agachaba las orejas y se escondia en el rincòn màs remoto de la casa.
Con los dìas, con paciencia y cariño, Carlota, fué recuperando la dignidad que un día le arrebataron.
Ya no se pasa la vida dando respingos ni se levanta de un asustado brinco cuando pasas junto a ella por casualidad.
Pero aun hoy, la maldad humana se refleja en sus oscuros y tristes ojos faltos de brillo.
Y es que, un trauma nunca llega a desaparecer del todo.
Hoy, despuès de su paseo nocturo, de pronto, sin razòn aparente, ha vuelto a bajar las orejas, ha metido la cola entre las piernas y ha salido aterrorizada.
Por lo que ahora Carlota, tendrà su pequeño ataque de pànico cada vez que intenten acercarse a ella. Hasta volver a ganar la suficiente confianza y volver a empezar de nuevo.
No tengo que preguntarme que cables se cruzaran en esa pequeña cabeza maltratada y llena de miedos. Sin duda el daño sufrido, y el dolor, siguen tenièndola presa de algùn modo y haciéndole confundir las situaciones.
Pero a veces, ese miedo se termina convirtiendo en una trampa, en un peligro mayor que lo temido.
En realidad los humanos actuamos a menudo igual que Carlota, llevamos nuestra biografìa a las espaldas como quien acarrea una inmensa piedra, y en ocasiones, el peso aplastante de esa roca nos impide levantar la cabeza y contemplar la realidad.
Vamos mirando nuestros pies, rumiando las heridas del pasado , y padecemos una fatal tendencia a cobrarle al presente nuestras antiguas deudas.
Por lo que a menudo, los que nos rodean, suelen tener que apechugar con el fantasma de lo que otros hicieron.
Cada persona vive con los ectoplasmas de las antiguas relaciones sociales, màs las viejas cicatrices no curadas y los miedos màs remotos.
Miro ahora hacia atràs y me veo actuando demasiadas veces como Carlota, como un perro apaleado, plegando las orejas y reculando cuando en realidad no habìa necesidad, o quizàs si, quizàs solo fuera cuestiòn de hacerse fuerte, de seguir adelante y de esperar sin rendiciòn, una segunda oportunidad.